Es una ciudad llena de jarabes y píldoras, con balanzas en cada esquina, en lugar de semáforos. Hay pelotones de enfermeros que circulan aplicando inyecciones y tomándole la presión a los habitantes que caminan distraídos.
Las calles tienen nombres difíciles: Metilbromuro, Avenida De las Cefalosporinas, Pasaje Clonazepán y cosas así, y lo peor es que están escritos con una letra que no se entiende, como la de los médicos. A una persona le puede tocar vivir en Efedrina al mil ochocientos, entre Dexametasona y Gentamicina, a dos cuadras de la estación Miconazol, cruzando el Puente Piroxicán y salir a caminar los domingos por la Peatonal Pentotal Sódico, o visitar la feria artesanal de Plaza Povidona.
En Ciudad Farmacia, la gente ya no come pizza, papas fritas, ravioles, milanesas, o cosas así de ricas; sino complejos polivitamínicos, calcio, súper antioxidantes y, de postre, unas sales digestivas efervescentes o un colerético colagogo carminativo hepatoprotector.
Se han puesto de moda nombres que antes nadie hubiera elegido para sus hijos, como Vaselina, Magnesio, Yodo, Goma Arábiga, Azul de Metileno y Excipiente Permitido.
La ropa es lo más fácil de elegir, sólo hay delantales blancos, celestes, verdes, o amarillo patito.
Para hablar con un amigo, vecino, o cualquier otra persona, hay que sacar número y esperar. Los que tienen obra social o algún tipo de medicina pre-paga tienen que esperar mucho más y llenar un formulario. A veces tienen que esperar tanto que se olvidan de qué querían hablar. Entonces, vuelven a sus casas, a tomarse un tónico para la memoria y se quedan un rato esperando a ver si se acuerdan. Si a pesar del tónico no consiguen recordar nada, se deprimen, y para que se les pase la depresión, toman un antidepresivo, que les da mucho sueño; pero como lo que tenían eran ganas de conversar y no, de dormir, tratan de despabilarse tomando unas cuantas aspirinas de ésas, las que traen mucha cafeína. Pero al rato tienen una acidez estomacal terrible, producida por la aspirina con mucha cafeína. Entonces, toman un anti ácido refrescante que les alivia un poco la acidez, pero les deja la lengua pastosa como si hubieran comido talco. ¿Y qué hacen para sacarse esa sensación de tener la boca llena de talco? Chupan unos caramelos para la tos —aunque no tengan tos—, porque vienen con sabor a menta, limón o cereza. Pero con tanto caramelo para la tos se les duerme la lengua y pueden hablar, pero mal. Por ejemplo, dicen:
—¡Hoda!, ¿cóbo de va? ¿biend?
En reuniones con amigos, es muy común compartir nebulizadores, tengan o no tengan los invitados las narices tapadas o los bronquios congestionados, porque de lo que se trata —según dicen— es de compartir. Eso sí, Ciudad Farmacia siempre está abierta las 24 horas, porque mientras una parte de los vecinos descansa gracias a un potente somnífero, la otra parte está de turno, por si se presenta una emergencia.
La única escuela que existe en Ciudad Farmacia es El Colegio de Farmacéuticos. Allí, chicos y chicas aprenden a llenar cupones de descuento, a hacer fila detrás de un mostrador y lo más difícil de todo: traducir prospectos de medicamentos y descifrar prescripciones médicas o cualquier otro texto escrito por habitantes de esta ciudad. ¡Todos tienen una letra horrible! A fin de mes, los estudiantes reciben el botiquín de calificaciones.
Se practican nuevos deportes que llegaron del extranjero, como el Eyes Drop, que consiste en embocar una gota de colirio en el ojo del contrincante. El que más gotas emboca, gana el partido. También hay deportes de alto riesgo, como las maratones de laxante y deportes más tranquilos, como los torneos de tilo canasta. Existen muchas otras actividades que hacen de esta ciudad un lugar interesante y digno de ser visitado por turistas (en horario de visita, claro). La cacería del pedículus humanus córporis es una de las favoritas.
Entre las actividades más sofisticadas, no podemos olvidar la degustación de leche de magnesia y el avistamiento de hongos y pie de atleta.

En la foto, vemos a un ciudadano ilustre de Ciudad Farmacia, don Boticario Betacaroteno, acompañado por su pequeña hija, Enema y su mascota consentida, el simpático perrito Bismuto.
Don Boticario es muy apreciado en esta comunidad por haber lanzado al mercado el supositorio Chiquito, que le cambió la cara a los vecinos de Ciudad Farmacia.
Próximamente se descubrirá una placa bacteriana conmemorativa para homenajearlo como corresponde.